Nada más aterrizar en el aeropuerto de Ataturk lo primero que me chocó fué ver a bastante gente con las mascarillas en la cara por lo de la peste porcina supongo. Había visto imégenes en los telediarios pero no en vivo.
Tras pasar por el control de visados y pagar 45€ por tres visados con una vigencia de 90 días, llegamos a la cola para el control de pasaporte. Una cola increiblemente interminable unida al calor que hacía allí dentro hicieron la espera eterna. Katia al final ya no paraba de llorar (y no era para menos) pero gracias a ello uno de los policías nos hizo adelantar en la cola, para pasarla más rápido. Una de esas pequeñas ventajas de tener bebés en la mochila ;-)
Una nube de personas, cartel en mano, esperaban para recoger a diferentes personas. El nuestro, enviado por la compañía donde Manon trabajará apenas chapurreaba dos palabras en inglés, pero pudimos entenderle que también tenía un hijo de casi el mismo tiempo que Katia.
Recién aterrizado en esta ciudad y nada más conocer el piso donde nos alojaremos, dejamos las maletas y nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores. El paseo marítimo estaba lleno de vendedores ambulantes de castañas, si no me he equivocado al escribir, castañas en Mayo, y palomitas que hacían a la brasa, además de terrazas, restaurantes, y un montón de gente paseando.
Para cenar elegimos un restaurante que tenemos a 5 metros del edificio, justo en el puerto y que resulta fué nombrado como uno de los destacados para comer pescado y marisco por la revista Time Out. Primera comida en Turquía y toda una delicia para el paladar: pulpo a la brasa condimentado con especias, berengenas con un sabor ahumado delicioso, un pescado que no llegué a adivinar cual era, fileteado y servido en una salsa de mostaza, una ensalada de gambas y de postre probamos tres dulces típicos de aquí
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